Eran sonidos. Sonidos salvajes. Sonidos salvajes y musicales. Eran sonidos que invitaban al movimiento. Hacían sentir como impulsos eléctricos en cada articulación, obligando a bailar a quien se atrevía a oírlos.
Y allí estaba sentado resistiéndome, como si pudiera decidir, elegir lo que iba a suceder. Cuando creí que había controlado a los sonidos, a mi cuerpo e incluso a mi espíritu, mis ojos, rebeldes a mi control, empezaron a seguirla. Su gracia, su belleza, su amistad con la música que la guiaba apasionadamente en cada paso que daba, en cada movimiento, en cada vuelta que su sonrisa acompañaba.
La veía fluir sintiendo la música, llenando su cuerpo de miradas de deseo que con clase ignoraba. Ignoraba todas, todas menos una, una que no quería ignorar, una que devolvía, una mirada que se posaba en la suya. Una mirada que expresaba más que deseo, una mirada que la invitaba a vivir su mundo de fantasías.
El aire en su rostro cambió. Su sonrisa fue más plena cuando el dueño de esa mirada sin dudarlo se acercó y la tomó de las manos.
Juntos brillaron al son de esos sonidos que no quisieron evitar sentir.
La música se los llevó.
Yo solo me reí contento, al ver salir volando a un angelito con flechas de sonidos salvajes.